Amaneció, y el frío calaba mis huesos, haciendo temblar mi cuerpo entero, mientras mis ojos luchaban por abrirse.
Una mañana hermosa, con un sol tímidamente asomado por el este, el sonido de las aves del lugar, algunos gallos gritándole al mundo que un nuevo día acababa de empezar, y los indígenas del lugar, haciendo sus quehaceres diarios, con toda la fuerza y disposición por llevar a cabo un buen trabajo.
Uno tras otro, se fueron despertando todos los integrantes del grupo, y arreglando el equipaje disfrutamos del olor del amargo café que se nos fue ofrecido para darnos energía y un poco de calor en esa helada mañana, y aunque en particular, el café no es parte de mis preferencias, me pareció un buen gesto, pues en mi opinión cuando se le ofrece café a los invitados, es sinónimo de aprobación, de agrado y deja entrever que las puertas de la casa estarán abiertas para una próxima visita.
Recogimos nuestras hamacas, empacamos los objetos que llevamos para esta aventura, desayunamos unas ricas arepas acompañadas de huevos revueltos que nos prepararon las mujeres de lugar, y procedimos a continuar nuestro camino, no sin antes despedirnos de todos, tomar algunas fotografías del lugar, y prometer regresar algún día.
Nos embarcamos así en un rustico ya que el otro por razones diversas no pudo llegar, sin embargo, éste puntualmente nos recogió para mostrarnos aquellos lugares que aun faltaban por recorrer. El equipaje y todo el grupo en la parte de atrás rustico, muy apretujados y un poco incómodos, mas la emoción y las ganas de aventurar, hicieron olvidar aquellas pequeñeces y disfrutamos el recorrido.
Llegamos a “los filuos” donde recogimos a una muchacha, estudiante de turismo y trabajadora de la alcaldía, luego pasamos buscando al lanchero quien seria el encargado de maniobrar una de las embarcaciones que utilizaríamos mas tarde.
En la plaza Bolívar de Sinamaica, frente a la alcaldía de Páez, nos encontramos con el mismo autobús que nos había llevado el día anterior hasta el lugar, y siguiendo las recomendaciones de nuestro guía, bajamos todo el equipaje guardándolo dentro del autobús para hacer mas espacio en el rustico.
Salimos vía a la laguna de Sinamaica, donde el grupo se dividió en dos lanchas, para recorrer parte de esta extensa masa de agua, llena de cientos de casas construidas sobre largos troncos de madera, y que además contaban todas con unos pequeños muelles donde amarrar la lancha, embarcar y desembarcar.
En ese instante, las colas de las doce del mediodía y las seis de la tarde desaparecieron , los costosos automóviles y el lujo del aire acondicionado, quedaron sin importancia, y el stress del trabajo fue borrado de la mente, al disfrutar de lo que inspiraría a los españoles para darle el nombre a Venezuela, pues ese lugar era simplemente “la pequeña Venecia”: casas dentro de las aguas, un medio de transporte diferente, todos desde niños hasta los mas ancianos, maniobrando lanchas, botes con remo y una que otra canoa; una metrópolis indígena, donde se trabajaba arduamente aun en domingo, o simplemente se disfruta de un paseo familiar con el viento de compañía, el agua de medio, y el sol de testigo de tanta majestuosidad.
Restaurantes, casas de todos los tamaños, mujeres lavando, niños jugando en el pequeño porche de palo y ramas secas de una humilde casa, personas conviviendo sanamente con la naturaleza, sin hacerle daño alguno, y yo sentada en una lancha deseando que el mundo entero tuviese la oportunidad que he tenido de conocer este paraíso escondido.
Así, visitamos primero una posada, construida con las técnicas típicas del lugar, donde dentro de cada choza, a parte de agua debajo de sus pies, se encontraban dos pequeñas camas, muy bien acomodadas y un par de hamacas, dos sillas y una mesa, y por supuesto, lo que no puede faltar, un baño, donde las totumas son la moda en regaderas y duchas. Además, en la posada, había también un restaurante, una venta de agua de coco y una tiendita donde comprar recuerdos artesanales del lugar; lugar en el que adquirí un palo de lluvia, obsequio para un ser especial, músico excepcional y como si fuese poco, quien inspira y hace latir con mas fuerza el corazón de quien relata esta aventura.
Frente a la posada, se encontraba una escuela básica, muy linda y bien cuidada, la cual tenia lo necesario para el correcto desarrollo educativo de un niño, y que además, contaba con unos peculiares baños, donde los sanitarios están construidos en alto, y al accionar la palanca para botar los desperdicios, estos salían por debajo de la construcción, depositándose en la laguna, donde unos bagres llamados “mojones”, esperaban ansiosos por los mismos, pues su principal alimento son las heces fecales.
Siguiendo el recorrido, visitamos una escuela de cayac donde se les enseña a los niños desde temprana edad a practicar este deporte, ya que tienen la ventaja de que necesariamente para trasladarse deben hacerlo mediante pequeñas embarcaciones, siendo estas situación ideal para fomentar el deporte.
Nuestra ultima parada en la población ubicada sobre la laguna de Sinamaica, fue la iglesia del lugar, hecha de troncos de madera, donde conocimos a un laico, llegado de Ecuador tres días anteriores a nuestra visita, quien acompañado de su esposa embrazada, dos hijas y un hijo, nos explico sus planes para con la población del lugar, que no solo implicaba lo religioso, sino también la enseñanza de moral, valores, compromiso y animo hacia el trabajo.
Nos despedimos e iniciamos nuestro retorno al puerto donde zarpan las lanchas, para tomar de nuevo nuestro transporte terrestre, trasladándonos a la bahía de “Caimare Chico”, frente a la cual fue construido un complejo turístico, dotado de cabañas equipadas, para incentivar a las personas a hacer turismo en la zona, donde el bravo mar se une con el horizonte creando una obra de arte única e inimitable.
Posterior a esto, salimos rumbo al pueblo de Sinamaica para tomar el autobús donde se encontraban nuestros objetos, y emprender el regreso a Maracaibo, con mas ganas de quedarnos que cuando llegamos, de conocer aun mas y de vivir al máximo la guajira, nuestra guajira, una tierra de sueños, de esperanzas, con gente noble, que resguarda uno de los tesoros mas valiosos que puede tener nación alguna, y es su historia, sus recuerdos y sus antepasados. Un lugar enigmático, bendecido por la mano de Dios, donde el amor hacia lo propio hace la diferencia entre estar en Venezuela y ser venezolano.

1 comentario:
te felicito jesika, eso es verdad, eso es sentirse venezolano de corazon, y aprender a valorar las cosas lindas que tenemos en esta tierra, que salimos a conocer el mundo otros paises, cuando en realidad no conocemos integramente nuestro pais, te quiero mucho y te deseo muchos exitos en tu vida. johana Briceño de Alvarez
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